El pasado jueves 15 de Febrero saltó una noticia que debe mover a la reflexión de todos los sectores económicos relacionados con Internet y las nuevas tecnologías, y de la sociedad en su conjunto. Adigital, la organización que agrupa a las empresas de la economía digital, pidió públicamente el amparo de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia a las plataformas que facilitan el alquiler turístico entre particulares. La más conocida, pero no la única, es Airbnb.

 

El Consejo de Ministros aprobó el 29 de diciembre un decreto que restringe en gran medida la actividad de estas plataformas y, sobre todo, de sus usuarios. Estas restricciones carecen de precedentes en otros sectores, tanto por el nivel de control que disponen como por la exigencia de aportar exhaustivamente información particular sobre los usuarios. Adigital, en nombre de todos los subsectores que la integran y de centenares de empresas representadas, ha señalado que el decreto va mucho más allá de la persecución del posible fraude fiscal.

 

El caso del alojamiento turístico en España es sólo un ejemplo de la deriva que se está produciendo en toda Europa: los sectores económicos convencionales se organizan contra la economía digital y, sobre todo, contra aquellas expresiones de la misma que ayudan al emprendedor, al pequeño propietario, al prestador de servicios independiente o, en general, a la interacción económica directa entre los ciudadanos.

tablet airbnb

Airbnb es un ejemplo de las plataformas afectadas

 

Hace poco se conoció una dura sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea contra Uber. Los magistrados europeos cedieron a la presión de los innumerables municipios que defienden a toda costa su negocio de licencias. Los togados demostraron su desconocimiento de la nueva economía digital al considerar a Uber como una empresa de transporte. En nuestro país, este reciente decreto apunta a la misma dirección. Pero, ¿de verdad es Airbnb una cadena hotelera? ¿O Blablacar un transportista de pasajeros por carretera? Por esa misma regla de tres, ¿es Idealista una promotora de viviendas? ¿Es Just Eat una cadena de restaurantes o un fabricante de alimentos? ¿Es Amovens equiparable a empresas como Hertz o Europcar? ¿Es Amazon una empresa productora de cualquier producto que ofrezca cualquier persona que utilice su plataforma? Y así podríamos continuar identificando ejemplos.

 

Aunque muchos aún no lo reconozcan, estamos ante un cambio de paradigma. La empresa convencional, sometida por las administraciones públicas a regulaciones que generan inflexibilidad y sobrecostes para el consumidor, está dando paso a una dinámica más fluida de relaciones económicas desintermediadas entre quien tiene un producto (o, sobre todo, un servicio que prestar) y quien desea adquirirlo. La sobrerreacción política y la judicialización que están sufriendo hoy las plataformas de economía colaborativa es un síntoma, no sólo de la agonía de algunos modelos empresariales cada vez más obsoletos, sino también del temor que sienten las autoridades ante la aparición de nuevas formas de mercado.

computadora y smartphone uber

 

El decreto de diciembre contra Airbnb es similar a la legislación que entorpece avances como el autoconsumo energético o las criptomonedas. Pero la revolución digital y tecnológica es vertiginosa. Por cada nueva regulación aprobada para encorsetar a los nuevos agentes económicos aparecen cien desarrollos tecnológicos que la superan. La tendencia a la desintermediación empodera a los consumidores. Hoy, esos intermediarios tradicionales aún pueden imponer decretos contra la economía digital, ya que las plataformas dependen de empresas concretas y de directivos con nombre y apellidos que se juegan mucho si no cumplen con cuanto se les exige. Pero es cuestión de poco tiempo que muchas de las interacciones ofrecidas hoy por esas empresas pasen a entornos completamente descentralizados, distribuidos. Blockchain y otras tecnologías ya lo permiten. ¿Cuál será entonces la reacción del poder político y de los cárteles regulatorios? ¿Actuarán de forma directa, no ya contra empresas, sino contra los propios usuarios? ¿Perseguirán la colaboración y el intercambio libres entre las personas? Todo indica que la economía digital es más fuerte y veloz que sus enemigos.

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